La caída del ángel

 


¿Nuestra especie evoluciona o cae? El camino que llevamos parece que nos aleja cada vez más de cualquier triunfo. Antaño nuestro planeta era el centro del universo y nosotros los hijos de Dios, hechos de su misma sustancia. Quemamos en la hoguera a Giordano Bruno por tener una actitud altiva y orgullosa y por mantener, como antes hizo Nicolás de Cusa, que nuestro mundo no sólo no es centro de nada, sino uno más entre otros muchos. Arrastramos los pies durante milenios, rechazamos mirar por el ojo del telescopio y ver los valles de la luna, pero al final, se impusieron los simples, lamentables, hechos. Lucrecio, los estoicos, Demócrito nos saben hechos de los mismos bloques diminutos de materia que un excremento o el núcleo mismo de la Tierra.

Veníamos barruntando que en vez de hijos de Dios éramos nietos de algún mono. El que al final se llevó las pedradas en la frente, por ponerlo por escrito y ordenado, fue Carlos Darwin. 

Vuelven los estoicos a recordarnos que el universo no está hecho para nosotros, que somos una pieza más entre tantas y como todas, contingentes. Algún día, tal que aparecimos, desapareceremos en el incesante flujo del tiempo.

Whöler le sacó los colores a Berzelius. Logró sintetizar urea hirviendo ingredientes como quien cocina un potaje en la marmita. Mandó así al cubo de los desperdicios la teoría vitalista. Una evidencias más de que estamos hechos de la misma materia que la cosa más vulgar.

Por si fuera poco, con el humilde, simpático, bonobo compartimos el 98% de nuestros genes. ¡Oh, hermano!

¿Eso que hemos llamado inteligencia, hecha, descrita, inventada, a nuestra imagen y semejanza, no será, como la síntesis de la urea, una cosa hecha de piezas nada divinas? ¿Será quizá, un banco de datos al que un organismo accede con cierta velocidad y con cierto "sentido" siendo esto algo que soy incapaz de definir? ¿Y si acumulamos una ingente información en trozos de materia, silicio, memorias y hacemos que un trasto las ordene conforme a algún criterio, no habremos creado al discípulo llamado a superarnos? ¿Y si cambio la palabra "superarnos" por "sucedernos" puede erizárcenos el pelo en las llamas de la nuca?

Ciertos filósofos apelan a nuestra exclusiva capacidad de tener "sentimientos" para intentar mantenernos en alguna cúspide. No sé qué cúspide será esa si entre nosotros nos llevamos a palos, si, como dice el poeta Ángel González, nos amamos de dos en dos para odiarnos de mil en mil. Creo, sospecho, en realidad estoy seguro, de que una IA sería capaz de hacernos creer que siente y eso es sentir. No hay barrera entre lo que parece ser y lo que es. Si algo parece azul, es azul. Si algo parece pensar, piensa. Si algo parece sentir, siente. Pasa con sobresaliente el test de Turing y listo, no hay mucho más que hablar. Se habrán sintetizados los sentimientos como Whöler sintetizó la urea y habremos quedado con el último parapeto destrozado. Habremos quedado totalmente expuestos a la furia de los vientos.

Ha llegado la IA y volvemos a no querer mirar por el ojo del telescopio. 

Yo intento jugar al ajedrez. Lo hago mal, chapuceramente, como casi todo cuanto hago. Soy humano, miserablemente humano.  A finales de mi siglo, el XX, un humano brillante, nacido en Azerbaiyán, cayó exhausto, derrotado al ajedrez por un ordenador que hoy nos parecería de museo. Tuvo que tragarse su orgullo a gritos, protestando, insinuando que hubo trampas. Perdió. Perdimos. Quedamos arrastrados por el barro.

Hoy tenemos asumido que las máquinas juegan al ajedrez mucho mejor que el mejor de los humanos. Las máquinas vuelan sobre las cumbres de los 3000 puntos ELO o más. Los mejores humanos se disputan en cada partida unos pocos puntos en los alrededores del nivel 1800. No nos queda nada que hacer salvo aprender de ellas, con nuestros pobres, miserables, medios.

Eso no quita que sigamos jugando entre nosotros, viviendo, disfrutando con nuestras partidas. Partidas de mierda, miserablemente humanas. 

 

 

 

 

  

 

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