¡Eh, admiradme!

Y de pronto me parece que se consigue mejor (con menos esfuerzo) hacerse pasar por buen escritor escribiendo poesía que escribiendo prosa. Por dos razones, primero porque estos son tiempos de brevedad y es más fácil conseguir la atención con una frase graciosa, con cierto arte, que con toda una página, una descripción, un diálogo. Segundo, porque parece que es más difícil toserle a un mediocre poema que escupirle a una buena prosa. El ámbito de la poesía se construye con tanta ambigüedad, imprecisión, inasibilidad de forma y contenido, se asume tanto el todo vale (aunque, por supuesto, el todo vale para unos no es el mismo todo vale para otros, pero ambos son igual de infinitos, imprecisos, e inobjetables) que simplemente preguntarse ¿qué coños significa esto?, te descalifica dentro del gremio para seguir hablando.
En prosa parece la cosa más clara: entiendes o no entiendes lo que te están contando, te gusta o no te gusta la historia tal y como está contada, disfrutas o no disfrutas leyéndola.
En ambos géneros, pretender alzarse con las claves del buen hacer, me parece a mí, no es más que soberbia. Todo canon es poco menos que ostentación, mira qué inteligente soy que aprecio lo buenas que son todas estas obras. Y  sumisión para quien los sigue, mira qué inteligente soy que aprecio los buenas que son esas obras. No se quiere perder el tiempo: dime que es lo bueno, dime cuándo debo decir ¡ah, qué bello!, y cuándo ¡agh, qué porquería!, y listo, ya estoy entre los inteligentes.
El amor a la literatura que ostentan muchos es muy sospechoso de parcialidad. Como esos que aman a su perrito, pero desprecian a los perros ajenos, porque son sucios, brutos y no tienen pedigrí. Los escritores son muy de pedigrí, muy de NOSOTROS y ellos. Nosotros, por supuesto, los buenos, los que hemos leído mucho y manejamos todos los códigos; ellos, los recién llegados, que ignoran las verdades trascendentales, los símbolos esenciales, las métricas precisas y para colmo no nos han leído. (Aunque toda generalización es  injusta. Pido excusas por ello, pero el discurso queda menos efectivo si lo siembro de inseguridades y precisiones: algunos autores y algunas autoras me caen mal y por eso despotrico de todos y todas, esto no tiene fuerza. ¡autores, os desprecio!, esto sí) Los escritores en general son de mucho ego, ya se sabe. Nadie está dispuesto a admitir que no está a la altura de sus propias pretensiones. Y, en cualquier caso, muy pocos seres humanos están dispuestos a admitir que su visión de la realidad no sea la correcta incluso ante la oposición manifiesta del resto de la humanidad. Claro, el matiz está en cómo reaccionar contra eso: los que tienen carácter se hacen grandes escritores porque acaban imponiendo su visión, los que no, escribimos panfletos insultantes y morimos a la sombra húmeda de la gloria tosiendo de mediocridad.

Todo esto es tan matizable que no pasa de ser un ejercicio verbal. Solo expresa un estado de animadversión circunstancial fruto de mi absoluta incomprensión del panorama literario local, nacional, internacional, que no me encumbra a mí como una de sus más conspicuas figuras.

Comentarios

  1. Como ejercicio literario es ¡m a g n í f i c o! y como terapia desahogacional más aún...échelo todo para afuera, que dentro se necrosa!
    ¡Vous ne pouvez pas expliquer la poésie, Monsieur, ¡Vive le poésie!

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  2. ¿Qué es el arte, maestro? Y más aún, ¿quiénes y cuántos dicen lo que es literatura de la buena o no? Quizá vuelva a meter otro comentario después de leer de nuevo la entrada. No trata una cosa fácil.

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