No hay perros, de Pepi Farray

No hay perros. De pepi farray.

El libro trata de tres cooperantes en Senegal. Más que tratar del hecho mismo de la cooperación trata de las razones por las que llevan, los tres, unas vidas desarraigadas y cómo aquella reunión fortuita es una especie de reposo en ese desarraigo donde por unos meses disfrutan de una cierta experiencia de familia. Cada uno tiene un conflicto personal que lo motiva a no querer plantarse en una vida estable, o como se entiende como normalizadamente estable: compañero o compañera, trabajo, casa, obligaciones, ocio, cotidianeidad, mínimo compromiso explícito. Naturalmente el libro plantea un nudo, sobre el que desarrolla la historia: alguien deja a una niña pequeña en la casa donde ellos conviven y se ven obligados a cuidar de ella mientras encuentran a su madre o le consiguen un lugar donde alojarla. Esto lleva a plantear el tema del compromiso con el otro, cómo influyes en las vidas de los demás y la responsabilidad que en eso tienes. Sobre todo habla de cómo algunos eluden esa responsabilidad, evitando en lo posible la intimidad con el otro, mientras que otros se lanzan de lleno.
También se plantea el asunto del feminismo. Son dos mujeres y un hombre, pero hay preponderancia del punto de vista de la mujer, el hombre aparece un poco desdibujado, yo diría que mitificado en ambos sentidos, por un lado es el causante fundamental de todos los problemas del mundo, y por el otro, la figura de ese personaje masculino queda casi como un santo, que no redime, en absoluto, a su género, pero de alguna manera plantea la excepción. También se presenta levemente el problema de la homosexualidad en África, las dificultades que entrañan la diferencia de ritmos vitales que existen entre los occidentales y los africanos, el asunto de la ayuda humanitaria, planteada como un asunto técnico, profesional, frente otro planteamiento más emocional, etc.
El estilo de la autora es yo diría que cínico-irónico-sarcástico. A veces me parece que se vuelve un poco intensa con las metáforas, pero son metáforas con poca intención de elevada poesía, sino imágenes comparativas que además resultan a veces extravagantes pero efectivas para explicar lo que quiere expresar. A mí me resulta sobre todo muy atrativo el tono del relato que tiene ciertamente una visión humorística pero con amargura, que te hace leerlo con alguna prevención. Creo que la autora es consciente de eso porque al personaje masculino le pasa lo mismo con una de las personajes femeninas, el quedarse descolocado frente a una reacción de ella que no se esperaba en absoluto. Así, lees un poco el libro con media sonrisita desconfiada no sea que te salga con una tragedia en la siguiente página.
En general me ha parecido una obra redonda. De no toda novela se puede decir que te quede una sensación de completitud al terminarla. A esa sensación contribuye, supongo, el efectista final. Y hasta un epílogo que ata los últimos lazos.

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