Literatura, palabras y dramas

Era el menos dotado literariamente de su grupo de amigos, no quedaba ninguna duda. Mientras que los otros cuatro habían logrado publicar sus textos, apenas al llegar a la ciudad y sin dificultad, en varias de las revistas literarias, él sólo había colado dos poemas en la última página de la menos prestigiosa de las publicaciones.

Procedentes de su pequeño pueblo de provincias habían llegado a la ciudad juntos, jóvenes, atribulados, dramáticos y en invierno. Ésta, los había recibido a mediados de siglo, con un frío riguroso que se extremaba en las pequeñas buhardillas que lograron arrendar. Una grisura en parte impostada y en parte irremediable acompañaba a los cinco amigos por cualquier sitio que fueran de la ciudad. Teatros, bibliotecas, tiendas de viejo, cafetines del tres al cuarto, donde se reunían a pasar las penas de los amores desgraciados que encontraron tan pronto como llegaron. El siglo exigía este tipo de desdichas. La salida que la literatura y la época proponía a estas situaciones debía ser necesariamente dramática, sin vuelta atrás. Afortunado quien pudiera conseguir un arma de fuego en condiciones de uso, en otro caso, quedaban la estricnina, el cianuro o el arsénico. Una alternativa digna podría ser dejarse caer de una altura considerable. Una solución casi desesperada, colgarse por el cuello. Y sólo a último remedio, tirarse a un río helado, dada la probabilidad de que nunca jamás se supiera del enamorado desdeñado y su acto heroico quedara en el más indecente anonimato.

Un tremendo sentimiento de culpa lo destrozaba. Todos habían caído, como correspondía a su sino, por propia mano, mientras él continuaba, si no feliz, al menos soportablemente indiferente o quizá resignado, a verse sin amigos, sin familia, sin apenas dinero, sin talento literario, con sabañones y vestido con un abrigo tan gastado que dos veces que esperaba por un trabajo en una esquina le habían ofrecido limosna. En las duras noches, bajo el peso de viejas mantas de lana que parecían querer apropiarse de toda la humedad del edificio, se le aparecían los amigos en pesadillas. Al principio emergía Mario entre las sombras, envuelto en una tenue mortaja, luego Efrén, algo más abrigado, y después de Oliver, se le aparecía la figura del atractivo Samuel, con un chaquetón de pieles de oso. No decían ni hacían nada, simplemente lo rodeaban mirándolo fijamente con expresión de sorpresa y se encogían de hombros una y otra vez como preguntando: " ¿ Y tú qué? ¿ Para cuándo te vienes con nosotros?" Entonces se despertaba y, tiritando, salía de debajo de las mantas al baño a orinar mientras el sentimiento de culpa se disipaba.

Su principal ocupación antes del mediodía era sorber tan despacio el único café que podía pagarse que pudiera pasar la mañana casi entera en el cafetín. En ese estado se le ocurrió la idea miserable de que el mismo motivo que le impedía suicidarse le impedía también escribir una obra digna: era un tipo simple. No tenía talento para buscarle tres pies al gato. Veía una vieja y era una vieja, veía un limpiabotas y era un limpiabotas. La vieja no era el símbolo de la decrepitud, del paso del tiempo ni de nada. Era una vieja. El limpiabotas no era un fiel reflejo de una sociedad de clases donde unos miserables se agachaban ante los señorones. Un limpiabotas era un limpiabotas, y así no habría manera de suicidarse.

Decidido a tomar el toro por los cuernos, hizo memoria de las pocas muchachas con las que se había cruzado desde la llegada a la ciudad. Después de hacer algunos descartes, recordó uno de los trabajos eventuales en la mansión del Conde de S. El Conde, a la muerte de su tío, había heredado, entre otros muchos bienes, una ingente cantidad de libros que, a juzgar por lo amarillento del papel y lo maloliente de las encuadernaciones, debía tener un incalculable valor. En la mansión necesitaron a un joven algo entendido en literatura que, a cambio de unas monedas, cargara las cajas de libros y los acomodara, con el mejor criterio posible, en la biblioteca. Fernando fue el escogido. Pasó varios días cargando, limpiando, clasificando y colocando libros. La hija del conde apareció una mañana con la mayor naturalidad y le hizo algunas preguntas sobre los libros, mientras los hojeaba, de las que podía deducirse que sabía de algo más que de escaparates, recepciones y fiestas. Además, era bonita, se movía con gracia y sensualidad y le hablaba, a un un extraño como él, de una clase social no comparable a la suya, sin altivez ni coquetería. Hablaron de Montaigne, entre otros, sin que pareciera que quisiera hablar de otra cosa que no fuera Montaigne. Ella le pareció una persona muy agradable e interesante. Durante los siguientes tres o cuatro días mantuvieron conversaciones similares. El mismo viernes que acabó el trabajo, Fernando cobró su paga y volvió a su casa sin más pensamiento en la cabeza que prepararse para acudir al entierro de Efrén, aquella misma tarde, a las cinco.

El último sorbo de café estaba frío como un témpano. La decisión estaba tomada, la pequeña condesa, pensó Fernando, era inalcanzable. Era hermosa, rica, inteligente, cultivada, joven... Así que la decisión, por fin, estaba tomada. Volvió a casa y comenzó los preparativos. Rompió una pequeña alcancía. Tras el recuento pudo comprobar que no tenía dinero para venenos. La visita a la torre más alta de la ciudad, metálica y horrible, era de pago. La bombona de gas de la cocinilla estaba casi agotada y además, las rendijas de la buhardilla, por donde se colaba el aire frío dejaría escapar al gas. Casi desesperado vio el lomo de Ana Karenina en el estante. Asunto resuelto.

A la tarde envió una ambigua nota a casa del Conde solicitando una cita donde insinuaba que alguna tarea importante con respecto a los libros que había clasificado, había quedado pendiente. No sabía como asegurarse de que la muchacha estuviera presente, así que no le quedó otro remedio que encomendarse al azar.

A los dos horas recibió una respuesta mucho mejor de lo que esperaba. El Conde dejaba el asunto de los libros en manos de su hija. Podía pasar a la mañana siguiente, antes de las diez.

Esa noche, se aparecieron de nuevo sus amigos, esta vez sonrientes y triunfantes, aunque algo ya deteriorados. A Efrén, el primero que había caído, le quedaba muy poco pelo pegado a la calavera. A Samuel le verdeaban las carnes en las mejillas. Mucho más alegres que en vida, donde siempre parecían tristes y ajados, lucían unas sonrisas podridas y contagiosas.

Fernando se levantó de muy buen humor. Al vestirse, puso especial cuidado en que el abrigo no ocultara su apreciable corcova. Desechó su sombrero de amplia ala, que usaba para tapar su mirada estrábica y una verruga que tenía en la frente, en favor de otro de ala pequeña que había pedido prestado. Tomó una solución de ajos machacados, que había robado de una tienda, para garantizarse un aliento insoportable. Ensayó una cojera no exagerada pero visible, hasta que consiguió una representación aceptable. Salió de casa y se dirigió a la mansión.

Le abrió la puerta un ujier que le dejó el paso franco tan pronto como Fernando abrió la boca. Lo acompañó hasta la biblioteca donde lo esperaba la muchacha y se quedaron solos, frente a frente, de pie. Ella estaba tal como la recordaba, es decir, perfectamente apta para conducir a cualquiera hasta el suicidio.

-Buenos días- saludó ella.
-Buenos días, señorita. -contestó Fernando, y sin más, añadió.- La amo desesperadamente desde la primera vez que la vi en esta misma biblioteca. Y sepa usted, que si no me veo correspondido, me mataré.

La muchacha, atónita, se acercó a Fernando, le quitó el sombrero y comenzó a acariciarle el cabello.
- Bueno, no hay que tomarse las cosas tan a la tremenda- le susurró mientras lo abrazaba.

 Fernando comenzó a llorar. Ella creyó que lloraba de emoción y felicidad. Completamente rígido, mientras era objeto de las caricias de la muchacha, lloraba de impotencia, de desprecio y pena hacía sí mismo mientras apretaba los puños hasta hacerse daño. Era un completo inútil que traicionaba a sus amigos. Nada le salía bien. No hacía nada a derechas. Era un tipo tan simple que por no saber, no sabía ni fracasar.

Comentarios

  1. Genial, me ha encantado. Final sorprendente. Pasa de un tipo patético a un triunfador nato, buen giro. Bienvenido ;-)

    ResponderEliminar
  2. Singular relato, me ha gustado mucho, y el final lo bordas. ¡Enhorabuena!

    ResponderEliminar
  3. Me ha gustado mucho el relato, final sorprendente incluido: como los textos que le gustan a su autor, es uno de esos en los que apenas pasa nada, pero en el que la ambientación juega un papel fundamental. Lo cual solo quiere decir que para hilvanar un texto atractivo tan solo hace falta escribir bien (!). Celebro, además, la vuelta al blog. A ver si conseguimos entre todos darle más continuidad.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Pensando a gritos, de Elízabeth Hernández Alvarado