Nuevo libro de Leandro Pinto, al que el programa de Radio Ecca dirigido Manuel Martín ha dedicado una entrevista entre nuestro papirómano Rubén Benítez y el autor Leandro Pinto.
Han hecho un biopic de Antonio Lino, me parece a mí, con la película Paterson, de Jim Jarmush. Es cierto que Antonio Lino no es conductor de guagua, pero me lo imagino con la misma placidez vital que tiene el personaje, que se llama Paterson y que vive en la ciudad de Paterson. Me lo imagino, a Antonio, con su cuaderno de poemas en la bolsa o mochila que lleve al colegio y me lo imagino robando momentos a lo largo del día para escribir algunas líneas. Conozco muy poco a la mujer de Antonio, pero hasta la última vez que nos vimos era incuestionable la devoción por ella del poeta. A pesar de que cocine más o menos bien, Antonio se comerá la tarta de brócoli y quinoa y emitirá un mmmm valorativo, con toda seguridad; eso sí después de beberse el vaso de agua. Y mirará el cuadro del perro, Marvin, intentando no gesticular la mueca de desagrado que le viene a la cara por lo mal dibujado que está. Es verdad que Antonio no tiene perro, pero tiene hijo, que para el...
Siempre he pensado de mí que tenía que haber muerto joven. Lo del cadáver bonito me lo reservo porque nunca fui un tipo bien parecido. Y en cuanto a vivir deprisa, reconozco que me tomé mi tiempo. Ahora tengo sesenta y dos, un poco tarde para morir joven, y, escuchando a Grateful Dead, pienso que he vivido demasiado lento. Siempre esperé a ver lo que pasaba y no entré demasiado a hacer que pasase. Me quedé esperando como las penélopes, mientras otros viajaban y vivían aventuras yo solo soñaba con hacerlo... algún día. Eso es lo me recuerda la música de Grateful Dead. Hace tres día que pienso que debería volver a coger la bicicleta y partirme el alma en algún barranco gozando paisajes como un vagabundo (de pequeño decía querer ser vagabundo o pistolero del oeste) pero solo al segundo día me decidí a inflarle las ruedas y hoy me dejé dormir hasta las diez y después desayuné leyendo el periódico.
Los hechos sucedidos entre todos los posibles son una pura casualidad, una alineación de factores que se nos escapan y que vienen a dar en un devenir que pudo ser cualquier otro. Decir esto es tanto como decir que nadamos en el amplio mar de nuestra suerte, que se cruza, a su vez, con la fortuna de todos los demás y de todas las cosas. Nuestra vida, vista así, es poco más que la trayectoria que sigue una bola de billar sobre un tapete. Habría una primera energía, tentado estoy de llamarla, motor inmóvil, a partir de la cual las bolas se chocan, se atraen y repelen en un juego que podríamos, al fin, definir como de movimiento continuo, o así nos parecerá, continuo, en nuestro pequeño tiempo, una nimiedad en comparación a todo el que transcurrirá después de terminar de leer estas líneas, y en el que ha trascurrido antes de que estas líneas hayan sido escritas. Con todo esto no quiero decir nada. No es una reflexión profunda, no es ninguna aportación que alumbre hipótesis par...
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