Gulliver en Liliput

(Mientras corrijo exámenes se me ocurren estas tontadas, no me las tengan en cuenta; una sonrisilla tampoco amarga un dulce. Va por ustedes)

En Canarias, ahora mismo, y siempre dentro de mi limitado ámbito, que no pretendo ser un estudioso, un especialista o cosa parecida, sino simplemente un lector interesado, yo soy uno de mis autores favoritos. Para dejarnos de falsas modestias, yo soy mi autor favorito. Y no me dejo del todo satisfecho, no crean que es soberbia. Pero soy el que más me interesa porque soy el único que me da la impresión de mostrar la variedad y la dispersión, tanto en los temas a tratar como en las formas de exponerlos que a mí me parece que debe tener un escritor para que a mí me interese. Lo mismo me ves escribiendo sobre física cuántica que sobre mi perro; lo mismo te suelto un poema de amor a una novia muerta – en el recuerdo, que ella sigue danzando por ahí y enamorándose de todo quisque – que te suelto una reflexión sobre el arte de cocinar una buena salsa mahonesa, aunque nunca me salga bien. ¿Me explico?, estoy vivo y escribo desde la vida. No estoy enterrado en un tema obsesivamente. No comprendo a la gente que está enterrada obsesivamente en un único tema; las admiro, a veces, porque consiguen mantener fija su atención y su concentración, pero otras veces me aburren soberanamente y necesito cambiar. Pues yo me lo doy todo al mismo tiempo, me divierto y me emociono, me entretengo y me instruyo, satisfago mis poquísimas ansias estilístico literarias y mi necesidad de tener una perreta. Lo que se dice un diletante. Soy una comida literaria completa para mí. Y escribo bien, pero no siempre. A veces soy sublime y otras veces soy deplorable. Y eso me hace sentir bien porque ser siempre sublime o ser siempre deplorable gasta, aburre, y produce desconfianza. Hay mucha sublimidad por ahí. Yo soy el mendigo de las letras canarias, el harapiento, al que se le ve borracho en las esquinas y oliendo mal. Y que un día sale repeinado y con la ropa limpia y oliendo a jabón. Pero luego se va deteriorando otra vez hasta que de nuevo resulta insoportable. A mí me parece que esta es la forma de estar en la literatura. Otras formas están bien, y las envidio. Me encantaría que me gustase ser como ellos. Pero lo que me gustaría es ser como yo. Y por eso me leo con gusto. Y cuando me leo con disgusto me digo, qué bien, está a punto de sacar algo sublime. Yo creo que me quiero un poquito. Así, en plan fan enamorado platónicamente.  Pero no, que soy un tipo bastante intratable, no por antipático. Pero bastante intratable. Pregunten por ahí. Si es que conocen a alguien que me conozca, que hay pocos. En fin. Soy mi escritor favorito indiscutiblemente. Lástima que sea yo mismo. Si yo fuera otro sería mi primer – probablemente único... bueno no, que ahí está Rosi – fan. Siendo yo, me miro de otra manera. Y si me comparo con otros me veo hasta gilipollas. Los veo a ellos tan orgullosos de lo que hacen, tan contentos de su obra, tan sobrados de conocimientos, tan... tan... ta...  que me siento poquita cosa entre ellos. Pero porque soy yo, ya digo, que si yo fuera otro, ya verían, ya. Ninguno me haría sombra, sino que yo les haría sombra a todos. Como Gulliver en Liliput; aunque me sentiría igual de solo, como él allí. 

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