Un puñado de sombras de Leandro Pinto

Los relatos contenidos en Un puñado de sombras me han gustado. Al contrario que lo referido sobre Grietas en el tejado no he percibido en ellos ninguno de los defectos expuestos en aquella reseña, o al menos no de manera tan evidente como me resultaron allí, que terminaron por hacer sombra a la obra completa.
Me maravilla la extensión de cada relato que permite hacer progresar la historia sin precipitación.(Me maravilla o admira, y sin embargo a veces se me hacen largos, un poco minuciosos, algo excesivos en detalles. El que me cansen un poco tal vez no sea defecto del autor sino del lector poco paciente) Me agradan las descripciones dilatadas de las situaciones, la falta de efectos buscando una falsa sorpresa o una exagerada impresión de horror, es decir, la contención. Me gusta la expresión empleada, muy neutra, con un narrador prácticamente invisible cuando se trata del estilo omnisciente, y sin excesiva campechanía, cuando se narra en primera persona.
En cuanto a las historias, indudablemente responden a un patrón de género que a quién esté acostumbrado (aficionado) a este tipo de historias le harán disfrutar precisamente por esperadas, aunque dicho de manera general, porque cada una de ellas tiene sus peculiaridades particulares, sus entresijos que hacen que pese a que más o menos uno se prefigure el desenlace, siga leyendo hasta desvelar toda la trama. Esto, creo, es característica de todo género (terror, policial, ciencia ficción), el ser previsibles tanto en el desarrollo como en los desenlaces, lo que precisamente es una de las características que hacen que su público se aficione a ellos. Esa previsibilidad naturalmente deja margen a la inventiva en cómo el autor trata de sorprender al lector con una imagen particular o con un personaje extraño o incluso con sugerencias nada explícitas y solo expuestas a través de las impresiones causadas en los personajes que atestiguan los hechos.
Lo que aporta el autor, en estos casos, me refiero a los géneros, a veces queda muy diluido, en el sentido de que las historias al final adquieren unos tintes tan normalizados que es difícil distinguir a unos autores de otros, o al menos no es tan relevante la autoría como en otros estilos literarios. En el caso de Leandro Pinto, me parece que es interesante destacar cómo se demora en las descripciones que construyen el escenario donde se desarrollan los sucesos, así como un lenguaje rico, bien poblado de vocabulario y de recursos para manejarlo, resultado, creo que esto también se evidencia es su manera de escribir, de una larga nómina de lecturas previas. Su expresión no me parece muy personal porque al leerlo tengo una impresión de familiaridad con todo ese fraseado, como de haber leído antes expresiones semejantes, pero me parece muy bien construida y muy segura, es decir, tampoco da la impresión de simple imitación sino de que está muy bien asimilado.
En resumen, sin dejar de precisar que Leandro Pinto se adscribe sin matices al género de terror, con las limitaciones que para mis gustos literarios eso tiene, que soy más afecto a otros ámbitos literarios, me ha parecido una lectura muy entretenida y que me ha llamado a interesarme, ahora sí, por el resto de la obra de este autor, por otro lado bastante prolífico.

Comentarios

  1. Leí el primer cuento del libro. Me pareció muy bien construido y entretenido, jugando muy bien las cartas de la intriga. Tiene un aire a Poe incuestionable, que el autor, claramente, no pretende disimular sino exaltar.

    Si juzgara los textos de Leandro Pinto por este cuento saldrían muy bien parados. La cosa es que, como Riforfo, no estoy especialmente interesado en el género.

    Leandro se ha convertido en un experto en el misterio y el terror. Se está ganando un merecido nombre en este tipo de literatura, dando charlas, participando en programas de radio, etc. Es joven así que tiene un futuro amplio que explorar y vamos a seguir oír hablar de él por mucho tiempo.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Tónica y ginebra

Pensando a gritos, de Elízabeth Hernández Alvarado