La vida a diario

Julio Ramón Ribeyro mantuvo un diario durante tantos años, con tanta indisciplinada regularidad, que acabó interactuando con su vida en un sistema de recíproca influencia.

El sano juicio nos indica que el diario es un reflejo de la vida, un resultado de la misma, escrito cada noche a partir de los  acontecimientos del día. Obviamente esta rutina nocturna no es necesario que se dé, pero sí una relación causa-efecto. El diario es resultado de las vivencias.

Sin embargo, llega un momento en que la literatura contenida en el diario crece y engorda hasta alcanzar la admiración de la propia persona que la escribe. El texto adquiere un peso propio y notorio, ajeno a quien lo vive. Deviene en causa y no efecto. Empiezan a hacerse cosas con el principal objeto de escribirlos en el diario y, como la literatura tiene sus exigencias, su forma y su estética, no queda más remedio que llevar una vida literaria. La otra fórmula, soez, grosera y falsaria, sería la de vivir cualquier hecho sin preocupaciones estéticas y verterla al diario falseando los hechos.

A los tres o cuatro años de llevar escribiendo rutinariamente lo que nos pasa debemos empezar a procurar que nos pasen cosas dignas de ser escritas. No basta con acercarse al supermercado a comprar una lechuga, debemos descubrir en el frutero, en otro cliente o en la cajera un personaje de enjundia que venga a parar allí por avatares arteros, por la rotación incesante de la rueda de la mala fortuna. Por eso, al ir a tirar la basura hay que mantenerse atento y preguntar al vecino que nos sostiene la tapa del caneco dónde nació, a qué se dedicaba su abuelo o si la camiseta que lleva, con un mapa de Burundi, tiene algún significado, un tío cura misionero en África. Hay que tomar incluso nota si es el caso y dudamos de nuestra memoria.

Cuando se lleva un diario no basta con amores pasajeros que respondan malamente a una pulsión, nuestras relaciones amorosas deben ser dignas de acabar espachurrada bajo las ruedas de un tren, aún en ciudades pequeñas sin tren, pero con casas de comidas. Debemos intentar tener un affaire pasional en un carruaje porque todo  habrá de ser contado y no querremos ofrecer la triste historia de dos amantes, que podrían ser cualesquiera, envueltos en sábanas al 50% entre algodón y poliéster.

La llevanza de un diario acaba solicitando esfuerzos titánicos a ambos lados del papel.

Comentarios

  1. "nuestras relaciones amorosas deben ser dignas de acabar espachurrada bajo las ruedas de un tren, aún en ciudades pequeñas sin tren, pero con casas de comidas". Este tipo de frases valida toda una novela.

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  2. Bueno, trato de subirme a los hombros de los gigantes.

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  3. Me encanta la idea! Vivir experiencias dignas de escribirse en un diario...

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