Un hombre serio

 


 A esta edad no se espera tener una mirada distinta de uno mismo. No sé si el cambio brusco del paisaje que me rodeaba, el mar lejano e inalcanzable protegido de los pasos por extensiones inabarcables de dunas, inspiró una mirada distinta sobre mí mismo. O fueron los años, cansados de no tomarme en serio. Con 55 años no tenemos por qué esperar que, de repente, nos parezca natural que durante tanto tiempo nos hayamos visto como niños. Nos parezca que la actitud que hemos mantenido no ha sido seria, y que la palabra seria pierda toda la carga negativa que soportaba para alzarse entre todas las demás con brillos de diamente. ¿Hemos estado viviendo como niños? ¿Fue el compás de sus pasos con mis pasos, lentos, sobre la arena, que se diferenció de los pasos desordenados de los niños que nos rodeaban los que alentaron mis ideas? Admitir ahora que llevo demasiado tiempo, en realidad, digámoslo, todo el tiempo, buscando posibilidades para retorcer el lenguaje y hacer un comentario con gracia sobre  cualquier tema y ganar una sonrisa que apreciaba como dedicada exclusivamente a mí, sería admitir que ha faltado seriedad en mi vida. Que he vivido de espaldas a mi rostro sin sonrisa. Y que eso mismo era mendigar una forma humillante de aprobación, de necesaria diferenciación, sobre todo lo demás.

Ahora, sin embargo, caminamos serios, en silencio por un sendero que debe conducir a alguna parte pero que, es curioso, no nos importa a ninguno de los dos a dónde vaya, con tal de que se alargue. Y lo sé, sin necesidad de demasiadas reflexiones, ni de una conversación sesuda; sé que ella espera que nuestro camino sea largo y que los apartamentos estén en un confín difuso. Sé que esperamos que nada rompa el silencio porque nada hay que decir. Tal vez haya usado yo demasiadas palabras y muy pocas veces la imagen seria del espejo. A esta edad todas las cosas empiezan a perder el aspecto lúdico. Pocas cosas van a poder reemprenderse para mejorar el viejo ensayo.

La sincronía de los pasos armonizó también el de los brazos. Mi mano cogió la suya porque llegaba una pendiente de arena suelta y era serio que nos ayudáramos. Sin ningún fundamento esperaba, que una vez pasara el peligro su mano no soltara mi mano. Llegarían más desniveles y no había por qué separar las manos. Se soltó unos segundos para ajustarse la sandalia y volvió a tomar mi mano. Era lo serio. No había nada que decir al respecto. Imaginé que si, de repente, era imposible, pero hubiera sucedido de repente, que frente a nosotros apareciera su marido, lo hubiera mirado con gesto muy serio recriminándole no haberle ofrecido su mano en vez de la mía. El que estuviera seguro de que sí lo había hecho (era imposible que no lo hubiera hecho) no rebajaba la reprobación de mi mirada imaginaria. La seriedad me había tomado desde el tuétano de mis huesos y se extendía como una enfermedad beneficiosa a todas las arrugas de mi piel.

El viento apareció. Apareció a la vista de mi mano. Nunca había faltado. Pero al aparecer de repente para mi mano y desordenarlo todo, surgió de nuevo un gesto serio y mi mano trató de poner orden en su pelo. Quien hubiera visto de lejos el movimiento habría pensado que era una caricia, pero era solamente un movimiento más, de una mano más que buscaba poner un poco más de orden en el mundo. Yo pensé en ese momento que ya estaba bien de estupidez y de sonrisas. Que lo trivial tiene un contenido ineludible de seriedad.

Poco antes de llegar a los apartamentos nos separamos e intenté encontrar un comentario ingenioso con algo de gracia. Me fue imposible. La miré muy serio mientras me despedía con unas palabras que podía haber dicho cualquiera.

No la he vuelto a ver.

Desde entonces soy un hombre serio. No necesito mendigar de nadie una sonrisa. No me preocupa que piensen que soy un tipo antipático o que no puedan pensar nada  de mí, que me difumine yo en el tiempo como el polvo en el viento, porque no me tomo la molestia de enviar mensajes sobre lo que pasa realmente aquí, dentro de mí. 

Comentarios

  1. Sí que parece un texto "a la manera de". No he leído al FMF ese, pero por el nombre y ser americano de una generación que ubicaría en torno a los cincuenta (en su madurez literaria) tiene pinta de escribir así.

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  2. Sí y no. Ford Madox Ford (Merton, Surrey, 17 de diciembre de 1873 - Deauville, Francia, 26 de junio de 1939). Es de la quinta de Thomas Hardy, H. G. Wells, Joseph Conrad (al que ayudó con el inglés), Henry James(que no necesitaba ninguna ayuda para enredar una frase hasta ahorcarte con ella), John Galsworthy, William Butler Yeats, Wyndham Lewis, y como editor promotor de D.H. Lawrence.
    Lo que ando leyendo es El buen soldado y creo que me repatean el hígado todos sus personajes. Este cuento está inspirado desde el contraste, quiero creer.

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    1. No es americano, es inglés. Tenía apellido de origen alemán, pero se lo cambió al que conocemos hoy porque después de la Gran Guerra lo alemán sonaba mal en Albión.

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  3. Interesante juego psicológico, me gusta! P.D. Le puedes decir a la IA que me dé el número del pavo de la foto?

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