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Un hombre serio

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   A esta edad no se espera tener una mirada distinta de uno mismo. No sé si el cambio brusco del paisaje que me rodeaba, el mar lejano e inalcanzable protegido de los pasos por extensiones inabarcables de dunas, inspiró una mirada distinta sobre mí mismo. O fueron los años, cansados de no tomarme en serio. Con 55 años no tenemos por qué esperar que, de repente, nos parezca natural que durante tanto tiempo nos hayamos visto como niños. Nos parezca que la actitud que hemos mantenido no ha sido seria, y que la palabra seria pierda toda la carga negativa que soportaba para alzarse entre todas las demás con brillos de diamente. ¿Hemos estado viviendo como niños? ¿Fue el compás de sus pasos con mis pasos, lentos, sobre la arena, que se diferenció de los pasos desordenados de los niños que nos rodeaban los que alentaron mis ideas? Admitir ahora que llevo demasiado tiempo, en realidad, digámoslo, todo el tiempo, buscando posibilidades para retorcer el lenguaje y hacer un...

La energía de la estupidez desata el Apocalipsis

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 Se despertó decepcionado nuevamente por poderse despertar. Según su propia predicción, y ya se habían cumplido casi seis meses desde la fecha límite, el mundo no debía seguir en pie. Se sintió en parte derrotado. Sólo en parte, porque seguía convencido de que su predicción se cumpliría, aunque andara algo retrasada. Se frotó los ojos frente al espejo del baño, bostezó, revisó una muela que le producía molestias al contacto con el frío y sopesó si afeitarse o no.  El Dr. Malaspina debía estar regodeándose en su triunfo, pensó. Pero cuando todo se venga abajo, y se vendrá en poco, mi éxito será clamoroso. Y recordaba el auditorio derrumbándose en aplausos después de cerrar su conferencia "La energía de la estupidez desata el Apocalipsis" con la frase "esta es una de nuestras últimas noches".   Sus esfuerzos por encontrar un estadístico fino que resumiera la estupidez global en un único número, adimensional, acotado entre 0 y 1 fueron expuestos brillantemente en la co...

Mini relato al estilo de Raymond Carver

 Cuento estilo Raimond Carver Ya saben cómo es. Se pone uno a leer a uno de estos autores americanos que escriben como si no conllevara esfuerzo ni misterio ninguno y se dice: yo también sé hacerlo. Y lo peor es que lo hace.  Todos los días me despierto a las siete de la mañana. Suena el despertador y lo apago casi inmediatamente. No soy de esos que se demoran en la esperanza de que se olvide de nosotros y nos deje seguir durmiendo. No. Yo lo apago casi antes de que empiece a sonar. Le doy un leve empujón a ella, que rezonga, “ya sé, ya sé”, y sigo durmiendo. Me despierto al rato y compruebo que ya no está. Se oye el trastear por la casa, las luces encendidas. Sigo durmiendo. Me despierto y por fin hay silencio. Deben ser las nueve y media o las diez. Adoro este momento. Este tranquilo despertar. Nada me urge. No hay prisas. No hay preocupaciones. Permanezco en la cama ensoñando. Dejando vagar la mente. Pienso en esos monjes que dicen “como un colador, no retengas nada, míralo...

AlphaZero en el abismo (una texto humano y mucha IA)

 

La caída del ángel

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  ¿Nuestra especie evoluciona o cae? El camino que llevamos parece que nos aleja cada vez más de cualquier triunfo. Antaño nuestro planeta era el centro del universo y nosotros los hijos de Dios, hechos de su misma sustancia. Quemamos en la hoguera a Giordano Bruno por tener una actitud altiva y orgullosa y por mantener, como antes hizo Nicolás de Cusa, que nuestro mundo no sólo no es centro de nada, sino uno más entre otros muchos. Arrastramos los pies durante milenios, rechazamos mirar por el ojo del telescopio y ver los valles de la luna, pero al final, se impusieron los simples, lamentables, hechos. Lucrecio, los estoicos, Demócrito nos saben hechos de los mismos bloques diminutos de materia que un excremento o el núcleo mismo de la Tierra. Veníamos barruntando que en vez de hijos de Dios éramos nietos de algún mono. El que al final se llevó las pedradas en la frente, por ponerlo por escrito y ordenado, fue Carlos Darwin.  Vuelven los estoicos a recordarnos que el universo...

Cantar del Mio Padecimiento ( a la manera del Cantar del Mio Cid o parecido)

 Del Hospital Negrín una voz me informó que para una ecografía allí me presentase yo Por lo visto fue pedida hace años uno o dos Cual fuera el padecer ya se ha muerto o lo he hecho yo Como quiera que estoy vivo pensé pues allá voy que lo mismo tengo algo y yo viviendo cual si no Aunque fuera no me noto que muy saludable me creo pero cuántos no se han muerto no teniendo ni un dolor creyendo estar tan sanos      como el mismo Salomón Pues allá voy tan ufano      creyéndome un inmortal aquel hombre empieza a hurgarme      con el aparato fatal aquí me descubre una falla allá otra más garrafal que si el riñón se desmaya que si el hígado brilla tal Con razón cuando meaba el chorrito singular en lugar de recta vía se torcía hacia un lad que el riñón del lad contrario empujaba mucho más en cuanto a eso que me dice del higadillo tan brillant será un exceso de energía “será que come en demás” “y que bebe n...

don Homerito

 Vale, es una gracieta, por rellenar el blog, que hace tiempo que no se actualiza. A mí me hace gracia. Yo tengo un alma griega, para mí todo pasado es mito. Me recuerdo como semidiós, siempre detrás de alguna diosa escurridiza; tan escurridiza, que no recuerdo que ningún dios consorte tuviera que castigarme. Los doce trabajos los empecé por mi cuenta y a desgana, y aún no los he concluido. Tampoco robé el fuego. Todo lo más lo pedí prestado; y lo devolví cuando me jubilé. No volé, definitivamente, al cielo con mi padre, que prefería su sillón, su güisqui y sus cigarrillos  a volar. Y tampoco rapté a ninguna Helena. Fui a verla y casi ni me abrió la puerta. Fundé un hogar,  y tuve descendencia. Mi hija, la pobre, salió a mí. No conquistará Troya, me temo. Y tampoco la veo surcando los mares perdida,  entre sirenas y polifemos, circes y calipsos. Bastante tiene con evitar que le meen encima y se vea con un hijo inesperado que acabaría sacándome los ojos, si las cifras...