Mini relato al estilo de Raymond Carver
Cuento estilo Raimond Carver
Ya saben cómo es. Se pone uno a leer a uno de estos autores americanos que escriben como si no conllevara esfuerzo ni misterio ninguno y se dice: yo también sé hacerlo. Y lo peor es que lo hace.
Todos los días me despierto a las siete de la mañana. Suena el despertador y lo apago casi inmediatamente. No soy de esos que se demoran en la esperanza de que se olvide de nosotros y nos deje seguir durmiendo. No. Yo lo apago casi antes de que empiece a sonar. Le doy un leve empujón a ella, que rezonga, “ya sé, ya sé”, y sigo durmiendo. Me despierto al rato y compruebo que ya no está. Se oye el trastear por la casa, las luces encendidas. Sigo durmiendo. Me despierto y por fin hay silencio. Deben ser las nueve y media o las diez. Adoro este momento. Este tranquilo despertar. Nada me urge. No hay prisas. No hay preocupaciones. Permanezco en la cama ensoñando. Dejando vagar la mente. Pienso en esos monjes que dicen “como un colador, no retengas nada, míralos pasar”. Es como mirar las nubes. Se van acercando, van cambiando de forma. Ahora es un conejo. Ahora es una madre y su niño de la mano. Ahora nada, un trazo blanco en el azul, como un cuadro abstracto. Poco a poco los pensamientos empiezan a adensarse, se forman palabras, coagulan ideas. Suena la campana de la iglesia marcando la hora. Cuento a partir de que lo advierto. Miro el reloj. Son la once.
Me levanto, orino y voy a la cocina. Tal vez aún quede café. Doy vueltas por la casa disfrutando de su silencio mientras sorbo. Miro por la ventana. Alguien barre la calle. La señora de enfrente se asoma a mirarlo hacer. Pasa el cartero amarillo y su carro amarillo. Enciendo la radio y luego la apago. Nada de interés. Aún no ha ocurrido lo peor. Sigo esperando. Por fin me decido y me visto. Recojo algo la cocina. Miro lo que hay en la nevera. Imagino cómo combinar lo que veo. Si encuentro la forma, preparo algo. Si no, salgo a comprar. No me gusta salir a comprar. Saludar, bromear, elegir,pagar. Siempre las mismas bromas. Conversaciones improvisadas, estándares, nunca un rastro de luz. Vuelvo a casa. A la cocina. Junto cosas, las caliento al fuego y se obra un milagro. A veces un milagro a veces una mala broma. Basta con que sea digerible.
Ella regresa en torno a las dos y yo estoy sentado por alguna parte, mirando un libro, recordando lo que decía. Saludar, bromear, qué tal el día, muy bien y tú, muy bien. Mira con disimulo la cama deshecha aún. Cierro el libro y pongo la mesa mientras ella se cambia.
Por la tarde también trabaja. Echa unas horas en la peluquería de la hermana. Yo también, echo algunas horas en la peluquería de la hermana, en ocasiones. Es una forma de hablar. A mí me bastan unos minutos. A la hermana no creo que le lleguen. El marido se fue con la empleada y se llevó la caja. Ahora tienen a un chico. Un buen chico, dice ella. La peluquería ha conseguido remontar gracias a nuestra ayuda. El chico tampoco es malo y gusta a las clientas. Todos contentos.
Algunas tardes las echo en el bar. Si tengo para invitar invito y si no tengo para invitar me dejo invitar. Saludar, bromear, hablar de fútbol y de política, decir muchas porquerías. Cuando regreso a casa ella ya está delante del televisor. Se ha abierto una botella de vino. Vemos un rato la televisión y bebemos vino. Si se queda dormida en el sofá la llevo a la cama. Y aguanto aún un rato más. Mirando las imágenes cambiantes de la televisión, dejándolas pasar, sin integrarlas en tramas, intrigas. Cuando me acabo el vino, me acuesto. Preparo el reloj y me duermo.
Totalmente carveriano, como dicen ahora.
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