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Rubén Benítez en el Palacete Rodríguez Quegles

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La felicidad en un instante, o un instante de felicidad

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     "Incomprensible espiritu, a veces faro, a veces mar" Samuel Beckett dixit Morro Jable - Fuerteventura Hay instantes en los que el alma se ensancha y se ilumina y te invade una sensación de paz que te hace levitar Los provocan casi siempre las cosas más sencillas pero no por ello menos importantes un momento compartido una conversación una instantánea una melodía una sonrisa las cosas buenas de la vida... Atesoro esos instantes los guardo como oro en paño para rescatarlos del recuerdo cuando la vida no es tan amable y te ofrece su lado amargo

Fragmento de La tentación del fracaso, de Julio Ramón Ribeyro

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Palabras de agradecimiento para cerrar la presentación de uno de mis libros.

Agradezco las palabras con que tan eruditamente ha adornado [ presentador ocasional ] mis textos. Estoy casi seguro de que son inmerecidas, y la inmodestia del “casi” se debe a que algunas no las he comprendido, aunque secretamente no albergo ninguna esperanza.  Me parece un loable esfuerzo el haber hilado un discurso tan cerrado acerca de un libro que evidentemente no ha leído, porque sin la menor duda, si lo hubiera hecho, necesariamente se habría quedado sin palabras, presa de absoluto estupor ante la desvergüenza que tenemos algunos de perpetuar en papel lo que merecería un más compasivo destino, como sería la volatilización más absoluta cuando el gran Apocalipsis energético devore completamente las memorias magnéticas de todos los computadores. Agradezco asimismo a la editorial el enorme descrédito en que se ha sumergido al publicar de una manera tan primorosa tan infame contenido, descrédito que tan solo en parte puede descargarse en el lomo de la necesidad, y que pesará ...

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Jaime Gil de Biedma se quedó calvo en 1962. Yo, al paso que voy, observando el área decreciente de pelo, que desaparece aceleradamente, es decir, con velocidad creciente, me quedaría calvo, de seguir vivo, a medidos de 2020.

Mimí

Le daba igual París, Madrid, Barcelona, Amberes o Valsequillo. Al final todos eran lugares donde padecer con el recuerdo de Mímí. Recuerdos de su silencio nunca incómodo, su manera de ser del norte, lejos del exceso de palabras y sonrisas, su estar cerca sin estar demasiado cerca y nunca lejos, su estatura y delgadez, sus manos grandes, su juventud y sus pechos pequeños y puntiagudos.  Pero, sobre todo, el recuerdo de una llegada sin ruido, como la lluvia de principios de otoño, y de no haber sido necesaria otra cosa que haber dejado que las cosas sucedieran. Alguien que había llegado así nunca se iría, porque las despedidas siempre suponen ruido y temblores de tierras y de entrañas. Con Mimí todo eso era imposible, por eso sabía que nunca se iría. Cualquier intento por olvidarla estaba condenado al fracaso.

Haiku

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  En el m e d i o está la virtud